Monasterio Santa María de Los Toldos

Su historia..

Nuestra querida Madre quiso también extender sus favores a otros lugares, fundados por el mismo monasterio de Einsiedeln. Ella fue guian­do los acontecimientos para que se diera esta fundación. En 1938 el mo­nasterio estaba en uno de sus mejores momentos de su historia milenaria. El número de sus monjes profesos había pasado los 200 y las obras de apostolado se habían multiplicado enormemente. Muchos de sus monjes deseaban que se hiciera una nueva fundación, pero en América del Sur y más “contemplativa”. Y se concretó en la Argentina.

Para los monjes no fue una tarea fácil la búsqueda del lugar. Les llevó ocho años de intensa labor. Y la historia fue así: en el año 1939 lle­garon a la Argentina dos monjes para ver el lugar, y estuvieron con esta misión hasta 1947 y en diferentes provincias probables, como Córdoba, Río Negro, Tucumán, Santa Fe, Misiones, Neuquén, Corrientes y Buenos Aires. Pero no se concretaba. Hasta que sucedió un hecho muy importante y decisivo. En setiembre de 1947 el Nuncio Apostólico, Monseñor José Fietta fue a visitar al Papa y al pasar por Suiza fue al monasterio de Einsiedeln. Allí tuvo un fraterno diálogo con el Abad, el P. Benno Gut. Este le dijo que dos de sus monjes estaban precisamente en la Argentina. Monseñor Fietta le preguntó por qué no lo habían ido a ver a él, que tenía un lugar que podía servir.

Entonces el Nuncio le contó que dos años atrás, él había ido a bendecir una casa en un lugar que sería donado por la dueña.

 

Al escuchar esto, el abad se interesó y pidió al Nuncio que le preguntara a la propietaria si le entregaría el predio. Monseñor Fietta le envió un telegrama y al día siguiente llegó la respuesta favorable de la Sra.

María Marenco de Sánchez Díaz. Fue el gran “regalo de Navidad de 1947”.

Esta gran bienhechora fue una mujer fuerte y generosa. Había nacido
en la opulencia, pero también conoció y vivió la pobreza. Después contrajo matrimonio con Cayetano, un hombre de muy buena posición económica. En 1942 él falleció, y como ella no pudo darle un hijo, pensó ofrecer todos sus bienes para obras caritativas. Una de las obras fue esta, la de la Ciudadela. Quiso dar a Dios una obra que honrara a la vez la memoria de su esposo y beneficiara a sus buenos empleados y vecinos. Ella murió en 1971, realmente pobre.

Desde el momento en que esta gran bienhechora hizo la donación, las gestiones se realizaron sin pausa.

Uno de esos dos monjes que estaban en la Argentina se ocupó del asunto y para la Navidad del 47 se concretó el acuerdo.

A partir de entonces comenzaron los preparativos para la nueva fundación. En un corto tiempo fue tallada la Virgen Negra por el Hno. Simón, con especial esmero, cariño y dedicación. Y pintada pacientemente por el P. Bernardo. También se preparó el numeroso equipaje y, listo para partir…

Los doce monjes partieron en barco desde Génova. Una multitud los fue a despedir: parientes, amigos y conocidos. Fue una despedida bajo el signo de una verdadera alegría. Se vivieron momentos de profunda emoción.

Si bien lo dejaban todo, -patria, monasterio, esa ciudad, ese entorno de cultura, la propia familia- estaban alentados por la esperanza de llegar a empezar con alegría la obra comenzada por el Señor, y el consuelo de su promesa: que todo lo que en su nombre se dejaba, sería retribuido con creces “el ciento por uno y la vida eterna”.

El abad les decía: “Jesucristo los eligió para que sean el fundamento de una nueva obra. Ustedes son la semilla que el Señor quiere esparcir sobre un vasto campo”. Y también: “El Señor misericordioso los conduzca por el camino de la paz y de la felicidad”.

Después de 21 días de viaje en el barco llamado “Brasil”, los doce monjes fundadores arribaron a Buenos Aires con nuestra querida Virgen Negra y el 3 de mayo de 1948 llegaron a Los Toldos.

Cuando llegaron, la casa existente alcanzaba sólo provisoriamente para albergar a la nueva comunidad. La construcción del nuevo monas­terio se realizó a partir de 1949. Y en un lapso de poco más de diez años, mediante diferentes etapas de construcción, el monasterio casi adquirió su aspecto actual.

Al poco tiempo de ser colocada la imagen de nuestra querida Ma­dre, comenzó a venerársela, por los monjes, vecinos, huéspedes y una cantidad cada vez mayor de peregrinos.

Desde ese memorable 3 de mayo de 1948, después de la oración de la tarde, los monjes comenzaron a cantar la Salve en latín y a cuatro voces, como en la casa madre de Einsiedeln, de donde proviene esta me­lodía gregoriana.

El monasterio suizo en tierra argentina demostró su interés en transformarse en un monasterio argentino.

Los monjes se dedicaron enseguida y con fervor principalmente al trabajo manual; en la casa, en la quinta, en los montes frutales, en los viñedos, en el campo. También se concretizó la instalación del tambo con su quesería, el criadero de cerdos y los silos de granos. En función de estas actividades se hizo necesaria la modernización del parque de maquinarias agrícolas.

Durante los primeros años, el campo del monasterio se administró con la ayuda de unos tres o cuatro peones. Pero la explotación intensiva del mismo necesitó la cooperación de una cantidad mucho más grande de empleados. A ellos se les ayudó todo lo que más se pudo para que pudie­ran vivir dignamente.

Los monjes también se dedicaron a la educación, a través de una escuela destinada a la formación de los niños del vecindario, como fue el deseo de doña María Marenco de Sánchez Díaz.

El parque de la clausura -desarrollándose sus plantaciones año tras año- llegó a ofrecer el ambiente ideal para el recogimiento espiritual.

Los años transcurrían y también la familia monástica comenzaba a crecer, integrándose a ella, además de algunos nuevos monjes de Einsiedeln, un grupo de jóvenes aspirantes argentinos.

Pese a todos los contratiempos normales, siempre se mantuvo la vida de oración, considerada centro vivencial de la familia monástica. A través de ella, la comunidad trasciende sus propios límites y los de todas sus actividades, alcanzando, en una dimensión de fe, una fuerza de irradiación imposible de evaluar.

También la comunidad ha ofrecido siempre la hospitalidad, y los huéspedes que vienen al monasterio lo saben apreciar. La familia monástica les ofrece un ambiente de tranquilidad y de paz. Ambiente que se presta para la reflexión, la meditación y un acercamiento más íntimo a Dios.

Al llegar, los fundadores tuvieron el deseo de que todos los vecinos y amigos reciban
las abundantes bendiciones de esta amorosa Madre. Y todos sus esfuerzos tendieron al único fin: de que todos se pongan con su entero amor y su entera confianza bajo el amparo de
su celestial Patrón a, la “Virgen Negra de Los Toldos”.

Los monjes han confiado siempre en nuestra querida Madre y, gracias a la protección de Dios, su obra sigue floreciendo.

Dirección: Santiago, Misiones – Paraguay

Correo: tupasymaria@benedictinos.org.py

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